Querid@ herman@ no se como has "tropezado" con esta web de "reflexiones de un cura inquieto", pero me alegro.
Esta web es un espacio donde este presbítero diocesano quiere compartir vivencias, pensamientos, reflexiones, homilías y colaboraciones de todo tipo...

No hago teología "de libro" sino teología encarnada en la pastoral desde las claves de la ternura y misericordia como nos lo propone el bueno de nuestro Papa Francisco. Creo en el Dios de Jesús, en la iglesia como comunidad de hermanos y casa de acogida. Escogí como lema de ordenación aquello que dijo San Juan Bosco al final de su vida cuando elogiaban su obra; "Ella lo ha hecho todo".

Este proyecto surgió por el ánimo y el empuje de varias personas que me animaron a lanzarme al ciber-espacio. En ese momento a mi enfermedad renal tenía que dedicarle 3 veces por semana 4 horas por sesión a la hemodiálisis... Es por ello que en esas horas me daba mucho tiempo para rezar, escribir y reflexionar. Y les dije que adelante con la web. El 4 de agosto del 2016, recibí el anhelado trasplante de riñón; ahora dedico ese tiempo a este apostolado pero sin ataduras hospitalarias.

Llevo una parroquia en Irún (diócesis de San Sebastián), una capellanía de religiosas, y colaboro en otras, sirvo en la consiliaria del movimiento de Cursillos de Cristiandad y colaboro en la pastoral de Migrantes en mi zona. Mi pertenencia a la Orden de Predicadores por medio de la Fraternidad Sacerdotal de Santo Domingo, me hace estar siempre al servicio de la Palabra, por eso a menudo doy retiros y encuentros con religiosas y laicos.

Mis fuentes son la Sagrada Escritura, los sant@s y sobre todo el apostolado con pobres, enfermos, religios@s y todo lo que hago en nombre de Jesús de Nazaret... Aquí tienes un hermano para lo que necesitéis.

¡¡¡Bienvenido; esta es tu casa!!!
Iñaki Benito - Pbro.
A.M.D.G.

Te invito a que te unas y publicites nuestros canales de Facebook y YouTube, busca "reflexiones de un cura inquieto"
  • Postado Por : Reflexiones de un cura inquieto jueves, 25 de febrero de 2016

    LOS SALMOS PENITENCIALES
    Lectura orante del Salmo 37
    El Salmo 37: Domine, ne in furore tuo arguas me, “Señor, no me corrijas con ira” es el tercero de los Salmos penitenciales, una elegía del dolor con resonancias del libro de Job. ¿Quién sabe, como creen algunos, que el Salmo es la oración de un leproso? Fuese cual fuese el motivo original para los cristianos tienen una doble lectura.
    La primera clave es la expresión del sufrimiento de los hijos de Adán, el dolor de la humanidad caída y pecadora. El Orante es el portavoz de una humanidad que sufre el estigma del hambre, del olvido de los pobres, la desesperación del dolor. El cristiano reconoce perfectamente en las palabras del Salmo el grito que sube de la tierra a Dios en toda época y de parte de todos los que sufren. Esto mueve el corazón orante a rezar este Salmo con una gran reverencia ya que contiene el dolor de la humanidad desbordada, aplastada y abrumada por el pecado del mundo. Es la oración de Lázaro, “el cual, lleno de llagas, se sentaba en el suelo a la puerta del rico” (Lc 16,20). Es una oración que se sitúa en los límites del dolor y de la incomprensibilidad del propio dolor.
    La segunda clave es la oración de Cristo, unido a la Iglesia, como Cabeza del Cuerpo. Para justificar esta lectura cristológica san Agustín se refiere a la imagen esponsal de Ef 5,21-33, “…como Cristo hace con la Iglesia”, desde el principio “vox una, quia caro una”. También por la presencia del Señor en estos hermanos más pequeños: “cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños” de Mt 25,40. Ciertas semejanzas con el Salmo 21 inducen a san Agustín a declarar que el Salmo se refiere a la Pasión del Señor, incluso la literalidad de sus palabras, las que hablan de sufrimiento y de pecado, porque son expresión de la comunión de Cristo con su Iglesia, en nombre de la cual las pronuncia:“Nosotros no podemos escuchar estas palabras si no reconociendo que se trata de Cristo total (Christus totus), esto es, la Cabeza y el Cuerpo”, predica san Agustín.
    El Salmo recuerda el misterio del Señor que ha asumido las culpas de toda la humanidad y por ello ha sido abandonado. “Mis amigos y compañeros se alejan de mi” (v.12) dice el salmista y estas palabras hacen vislumbrar ya al Señor Jesús, cuyos amigos se mantenían a distancia y se alejaron de Él (ver Lc 23,49). También el Señor se sintió abandonado en la Cruz y sus labios pueden pronunciar estas palabras: “No me abandones, Dios mío, no te quedes lejos”. En la Cruz el Señor soportó por causa nuestra y por el pecado de la humanidad, que él asumió, el dolor más grande: el abandono del Padre. Hasta ahí llegó su humillación.
    Es un Salmo, pues,  que expresa los sentimientos y la oración de Jesús en la Pasión, Él que se ha hecho víctima de nuestros pecados y ha sufrido por nosotros la ira de Dios, la que nosotros merecíamos, no Él. No es difícil descubrir en el Salmo la confesión de Jesús que asume todo el pecado de toda la humanidad y llega a ser el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.
    El misterio de la expiación del Hijo de Dios perfuma todo este Salmo. La muerte del Señor no es la muerte de un mártir solamente. Es la muerte de una víctima. En este Salmo la Iglesia contempla en los sufrimientos de nuestro Señor Jesucristo los efectos del pecado que Él, siendo inocente, cargó sobre sus hombros (Is 53:7 y 1 Co 15:3). En este sentido es oración del Siervo del Señor, de Isaías.
    Es también un Salmo penitencial para la Iglesia orante porque ésta descubre en las palabras del Salmo la oración de un pecador, particularmente conmovedora, azotado por sus pecados, arrepentido, vuelto hacia Dios. Cristo se esconde y manifiesta en la figura de aquel que ha venido a salvar el Adán pecador, la carne pecadora que Él a asumido. La tradición patrística entiende que Cristo ora en este Salmo por todos aquellos que reconocen sus pecados, habla en primera persona, pero es de todos ellos, ya que por todos habla. El Señor tiene compasión de los que permanecen en la ignorancia y el pecado, como uno que conoció en todo la tentación, menos en el pecado (Hb 4:15).
    Cuando rezamos este Salmo, movidos por el amor y la penitencia, debemos tener presente a Cristo, patiens et dolens in cruce, como la iconografía del Señor Crucificado, el ejemplo mayor de los cuáles es el famoso Cristo de Grünewald, tan querido por el Papa Benedicto XVI. Delante de este Salmo que no tiene ninguna belleza, en él todo es dolor, sufrimiento, pecado, calumnia, abandono, hay que recordar las palabras del venerable Papa Benedicto XVI: “Toda la pobreza humana, todo el desamparo humano, todo el pecado humano se hacen visibles en la figura de Cristo Crucificado”. Y, sin embargo, Cristo crucificado es la belleza que salva al mundo.  ¡Y cuantas veces el Papa Francisco ha predicado que  los pobres, los abandonados, los enfermos, los marginados son la carne de Cristo! Todos ellos están presentes en este Salmo.
    El Espíritu soplaba en las palabras del primer orante del Salmo y hacía que la oración de este hombre sufriente fuese profecía de los sufrimientos del Señor y de la gloria que vendría después. Los versos 14 y 15 nos recuerdan el silencio de Jesús que, como un manso cordero, es llevado al matadero sin queja ni gemido  (ver Mt 26, 63 y 27,12-14). También al Señor Jesús se adecuan las palabras: “son muchos los que me aborrecen sin razón”. Devolver mal por bien (mala pro bonis) es diabólico puesto que prevalece la ley: “Si menos los hubiese amado, menos me hubiesen odiado”. Resuenan ya las palabras del himno de la primera carta de Pedro:“Cuando le insultaban, no contestaba con insultos; cuando le hacían sufrir, no amenazaba, sino que se encomendaba a Dios, que juzga con rectitud”  (1 Pe 2,23 ss).
    Una importancia particular tiene el verso 10: “Domine, ante te omne desiderium meum, et gemitus meus a te non est absconditus” “Señor mío, todas mis ansias están en tu presencia, no se te ocultan mis gemidos”. San Agustín lo comenta en una de las páginas más bellas de las Enarraciones: Los deseos y los anhelos del corazón Dios los conoce y los escucha. El salmista dice: “Señor, todas mis ansias están en tu presencia, no se ocultan mis gemidos”, están delante del Señor, no delante de los hombres. El gemido viene a ser una palabra interior sólo conocida por Dios. Él conoce el corazón y lo que está en el secreto. Este verso que contiene las palabras gemitus et desiderium tiene ya relación con los gemidos inefables que el Espíritu inspira en nuestros corazones (Rm 8:12).
    El deseo de Dios es ya oración y predica: “Tu mismo deseo es tu oración; si el deseo es continuo, la oración es continua. No en vano dijo el Apóstol:Orad sin cesar”. Expone así la doctrina de la plegaria continua, una oración vivificada siempre por la caridad: “El frío de la caridad es el silencio del corazón y el fuego de la caridad es el grito (clamor) del corazón”  (In Ps 37:14).  Si amamos, este deseo de Dios nunca acaba, si dejamos de amar también el deseo acaba. Es algo muy cierto en la dinámica de la vida espiritual: la caridad anima la oración, como también la oración anima la caridad. Sin caridad la vida de oración se debilita, pero también al contrario. Una y otra cosa siempre van juntas.

    También san Agustín predica el verso 3:“sagittae tuae infixae sunt mihi” “tus flechas se me han clavado”, de esta manera:
    El salmista dice que las flechas del Señor se han clavado sobre Él. Habitualmente entendemos por flechas las palabras del Señor. Pero uno puede quejarse de haber sido herido por la Palabra. Las palabras del Señor son como flechas que llevan amor y no dolor. ¿Cómo puede decir que el amor y el dolor son inseparables? Necesariamente existe dolor en amar lo que no se posee. Puede amar sin sufrir el que posee lo que ama; digo pues que cuando uno ama y no puede poseer lo que ama debe necesariamente gemir en su dolor. De ahí pues la palabra de la esposa de los cánticos que figuraba a la Iglesia de Cristo: El amor me ha herido».
    El Salmo está indicado para los lunes en el Oficio Vigilar según la Regla Benedictina y en el cursus de la Liturgia de las Horas se recita en el Oficio de lectura del viernes de la segunda semana para conmemorar la Pasión del Señor. En el Oficio de Tinieblas delOrdo Vetus está como el primer Salmo del II Nocturno del Viernes Santo con la antífona: Vim faciebant qui quaerebant animam meam. Este contexto litúrgico confirma la interpretación cristológica como referida a la Pasión del Señor.

    Salmo 37 - ORACIÓN DE UN PECADOR EN PELIGRO DE MUERTE
    Ant. Yo te confieso mi culpa, no me abandones, Señor, Dios mío.

    Señor, no me corrijas con ira,
    no me castigues con cólera;
    tus flechas se me han clavado,
    tu mano pesa sobre mí;
    no hay parte ilesa en mi carne
    a causa de tu furor,
    no tienen descanso mis huesos
    a causa de mis pecados;
    mis culpas sobrepasan mi cabeza,
    son un peso superior a mis fuerzas.
    Mis llagas están podridas y supuran
    por causa de mi insensatez;
    voy encorvado y encogido,
    todo el día camino sombrío.
    Tengo las espaldas ardiendo,
    no hay parte ilesa en mi carne;
    estoy agotado, deshecho del todo;
    rujo con más fuerza que un león.
    Señor mío, todas mis ansias están en tu presencia,
    no se te ocultan mis gemidos;
    siento palpitar mi corazón,
    me abandonan las fuerzas,
    y me falta hasta la luz de los ojos.
    Mis amigos y compañeros se alejan de mí,
    mis parientes se quedan a distancia;
    me tienden lazos los que atentan contra mí,
    los que desean mi daño me amenazan de muerte,
    todo el día murmuran traiciones.
    Pero yo, como un sordo, no oigo;
    como un mudo, no abro la boca;
    soy como uno que no oye
    y no puede replicar.
    En ti, Señor, espero,
    y tú me escucharás, Señor, Dios mío;
    esto pido: que no se alegren por mi causa,
    que, cuando resbale mi pie, no canten triunfo.
    Porque yo estoy a punto de caer,
    y mi pena no se aparta de mí:
    yo confieso mi culpa,
    me aflige mi pecado.
    Mis enemigos mortales son poderosos,
    son muchos los que me aborrecen sin razón,
    los que me pagan males por bienes,
    los que me atacan cuando procuro el bien.
    No me abandones, Señor,
    Dios mío, no te quedes lejos;
    ven aprisa a socorrerme,
    Señor mío, mi salvación.

    V/ Yo te confieso mi culpa,
    R/ No me abandones, Señor.
    Señor ten piedad
    Cristo ten piedad
    Señor ten piedad

    Oremos

    Oh Dios, tú no has abandonado a tu Hijo amado al límite de sus fuerzas y de su amor despreciado, acuérdate de tus hijos, abatidos por el peso y el dolor de sus pecados y concédenos de esperar siempre tu ayuda y tu perdón. Por el mismo Cristo, nuestro Señor.

    0 comentarios

  • IÑAKI BENITO - Pbro. Traducido Por: Daniel Chipana M. - Designed by Daniel Chipana M.